UN VISTAZO A LA AGRICULTURA URBANA
Por Bernardo Nieuwland Venero
Hace ya buen tiempo que la Agricultura Urbana dejó de ser una novedad para la sostenibilidad de ciudades “insostenibles”. Incluso en Lima existen una serie de proyectos agrícolas ejecutados por diversas instituciones desde los años 70. Probablemente no haya ejemplo de mayor magnitud que la Zona Agropecuaria de Villa el Salvador, la cual fue planificada desde su nacimiento en 1971 y hasta el día de hoy sigue produciendo una serie de alimentos que brindan soporte nutricional, ecológico y económico tanto a Villa el Salvador como al resto de Lima.
De hecho, la Agricultura Urbana nunca fue algo novedoso en sí mismo. Basta con ver los Planos de la antigua Lima Colonial y fijarse en las caricaturescas representaciones de huertos que se cosechaban fuera y dentro de sus murallas. E incluso hasta principios del Siglo XX, casi todas las casas en Miraflores tenían huertos, de hecho, Ricardo Palma se refería a su casa como un rancho y gran parte del camino que unía Lima con Miraflores estaba constituido por parcelas agrícolas antes de ser urbanizadas con el proyecto de la Av. Leguía, hoy Av. Arequipa.
Entonces ¿por qué se asocia la Agricultura Urbana con ciudades ecológicas y vanguardistas? Probablemente por la misma razón por la que desde las últimas décadas, las ciudades se asocian cada vez más con el caos, la contaminación y depredación de los Recursos Naturales que permiten la vida. Por ello, el sentido de la Agricultura Urbana ha dado un giro muy importante. Ya no se trata de los relictos rurales de una zona agrícola en proceso de urbanización, se trata de una alternativa para darle un soporte ecológico a la ciudad del Siglo XXI, de tal forma que la Agricultura Urbana se reivindica ya no como indicador de ciudad pre-industrial (o lo equivalente para el Perú), sino como un indicador de iniciativas ciudadanas que buscan devolverle la ciudad a los humanos de las manos del tráfico, de la tugurización y de la contaminación.
En fin, es interesante que exista una infinita variedad de categorías de Agricultura Urbana a lo largo y ancho del mundo. Desde millonarios negocios en Europa hasta huertos familiares en Asentamientos Humanos de Latinoamérica. Una de estas categorías es la agricultura peri-urbana cuyo objetivo es recubrir y proteger los bordes de una ciudad con un soporte ecológico y alimenticio. En Lima tenemos el proyecto Valle Verde que busca proteger todo el Valle Agrícola de Lurín, el cual posee el 80% de Áreas verdes de la ciudad. Pero no tenemos que irnos a la periferia de las ciudades para hablar de agricultura. En Bogotá, Asentamientos Humanos no tan periféricos aprovechan el benigno clima bogotano para sembrar hortalizas sobre sus techos, de tal forma que vista desde una avioneta, una casa podría confundirse con una parcela. Las familias participantes de este proyecto de una Institución no Gubernamental cuentan con mejores ingresos económicos para sus familias y abundante ensalada.
Cabe recalcar que no existe un criterio consensual para caracterizar la Agricultura Urbana. De hecho, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) señaló en 1996, en el Informe más amplio que se ha hecho a escala Mundial de Agricultura Urbana, que existe una serie de mitos que giran en torno a ella.
Se dice que la Agricultura Urbana sólo puede darse en pequeña escala y que nunca va a ser tan rentable como la Agricultura Rural. Pero la Agricultura Urbana no depende tanto de la rapidez o el costo del transporte desde el campo hacia los centros de acopio peri urbanos. Además, existen en muchas ciudades enormes plantas "agrícolas" (en muchos casos hidropónicas) semejantes a complejos industriales bajo techo donde se provee a los cultivos de cuidados intensivos y un medio ambiente artificial para el resultado óptimo de los productos sin tener que recurrir a químicos ni transgénicos.
La Agricultura Urbana, en muchos casos, también puede generar circuitos urbanos cerrados de producción y venta de productos agrícolas. En Asentamientos Humanos cercados por condiciones geográficas (como quebradas o ríos) la productividad de los huertos familiares cuenta con accesos más favorables para el posicionamiento de sus productos, como es el caso de hierbas y especias para restaurantes de lujo o para mercados locales.
Sin embargo, también es necesario mencionar que la Agricultura Urbana puede generar un inmanejable vertimiento de aguas servidas sobre los suelos de la ciudad, creando focos de insectos transmisores de enfermedades y la proliferación de ratas y otros animales indeseables. Por ello, el Fundo Casablanca, dentro del proyecto de Valle Verde de Lurín incluye propuestas de repelentes y fertilizantes ecológicos, tan simples como colocar árboles de molle serrano cuyo olor ahuyenta a los zancudos. También trabajan con técnicas de riego por goteo y camales que ahorran mucha agua sin generar aguas servidas.
Podría decirse que el valor del suelo de las ciudades no permite rentabilidad en la Agricultura Urbana, pero los espacios comerciales y residenciales adquieren valor económico cuando consiguen una relación simbiótica con las Áreas Verdes. Y al tratarse la ciudad entera de un sistema orgánico, toda la ciudad se beneficia cuando se agrega a ella nuevas áreas verdes que no sólo ofrecen un soporte ecológico, sino también alimenticio y económico. Porque la Agricultura Urbana siempre representa un nuevo campo de empleos.
Entonces, si bien nadie opina que la Agricultura Urbana no es una alternativa para hacer más sostenibles nuestras ciudades, también es importante saber aplicar los tres ejes de la sostenibilidad: económico, social y ecológico. De esa forma se libra a la agricultura urbana del estigma de “áreas verdes participativas”, porque obviamente es mucho más que eso, es una fuente de empleos que se basa en la necesidad de una vida saludable para los habitantes de la ciudad del Siglo XXI, la cual nos va a comer a nosotros si es que no la usamos para comer.
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